
– No hay problema. Dejaré su compra aquí mismo.
– Gracias. Muy agradecida.
Salió de los almacenes y dejó allí la ropa de cama, que al final compró en unas galerías comerciales a varios kilómetros del centro. Lo sucedido la asustó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Dio muchas vueltas al asunto en los días posteriores y, al final, decidió que era mucho lo que había en juego como para correr riesgos. Acudió al registro civil y pidió un duplicado de la partida de nacimiento de la Otra. Luego fue a la jefatura de tráfico y solicitó el carnet de conducir, a nombre de Solana Rojas, dando su propia dirección en Colgate. Se acogió al razonamiento de que sin duda había más de una Solana Rojas en el mundo, igual que había más de un John Smith. Explicó al funcionario que su marido había muerto y ella acababa de aprender a conducir. Tuvo que someterse a un examen teórico y pasar por el trámite de la prueba práctica con un examinador muy riguroso, pero aprobó los dos sin mayor problema. Firmó las instancias y se hizo la fotografía; a cambio, recibió un carnet provisional hasta que se formalizara el definitivo en Sacramento y se lo enviaran por correo.
Una vez resuelto eso, le quedaba por resolver otro asunto, quizá de carácter más pragmático. Tenía dinero, pero no quería utilizarlo para mantenerse. Guardaba unos ahorrillos secretos por si un día decidía desaparecer -cosa que, como bien sabía, ocurriría tarde o temprano-, pero necesitaba unos ingresos regulares. Al fin y al cabo, tenía bajo su cargo a su hijo Tiny. Era vital encontrar trabajo. Con ese objetivo, llevaba semanas rastreando las ofertas de empleo día tras día, de momento sin suerte. Había más anuncios para operarios, mujeres de la limpieza y jornaleros que para profesionales sanitarios, y la contrarió lo que eso implicaba. Se había esforzado mucho para llegar a donde estaba, y, por lo visto, en esos momentos escaseaba la demanda para sus servicios.
