Ya con anterioridad, en dos ocasiones, había tomado prestada una identidad y se había convertido en otra persona. Pensaba con cariño en sus otras identidades, como haría uno con viejos amigos que se habían trasladado a otro estado. Al igual que un actor del Método, tenía un nuevo papel que interpretar. Ahora era Solana Rojas, y en eso concentraba toda su atención. Se envolvía en su nueva identidad como en una capa, sintiéndose segura y protegida en la personalidad que había adoptado.

La Solana original -aquella cuya vida había tomado prestada- era una mujer con la que trabajó durante unos meses en la sala de convalecientes de una residencia para ancianos. La auténtica Solana, en quien ahora pensaba como «la Otra», era enfermera diplomada de grado medio. También ella había estudiado enfermería. La única diferencia entre las dos era que la Otra se había titulado, en tanto que ella había abandonado los estudios sin acabar el curso. La culpa fue de su padre, que murió, y luego nadie se ofreció a pagar su educación. Después del funeral, su madre le pidió que dejara de estudiar y buscara un empleo, y eso hizo. Encontró trabajo primero limpiando casas y luego como auxiliar de enfermería, intentando convencerse de que era una auténtica enfermera, como lo habría sido si hubiese acabado el curso en el City College. Sabía hacer todo lo que hacía la Otra, pero no estaba tan bien pagada porque carecía de titulación. ¿Era eso justo?

Había elegido a la Solana Rojas auténtica del mismo modo que había elegido a las otras. Se llevaban doce años, pues la Otra tenía sesenta y cuatro y ella cincuenta y dos. En el aspecto físico no se parecían mucho, pero sí lo suficiente a ojos de un observador accidental.



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