
A las ocho y media de la mañana del lunes 7 de diciembre cogí el bolso, la americana y las llaves de mi coche y salí de casa camino de la oficina. Me había saltado mis habituales cinco kilómetros de jogging, incapaz de obligarme a hacer ejercicio en la oscuridad previa al amanecer. Con lo acogedora que era mi cama, ni siquiera me sentía culpable. Al cruzar la verja, el tranquilizador chirrido de las bisagras se vio ahogado por un corto gemido. Al principio pensé: «Gato, perro, bebé, televisor». Ninguna de las posibilidades describía con precisión aquel lamento. Me detuve, escuché con atención, pero sólo oí los acostumbrados ruidos del tráfico. Seguí adelante, y acababa de llegar al coche cuando oí otra vez el gemido. Volví sobre mis pasos, abrí la verja y me dirigí al jardín posterior. Nada más doblar la esquina apareció mi casero. Henry tiene ochenta y siete años y es dueño de la casa a la que está adosado mi estudio. Su consternación era evidente.
– ¿Qué ha sido eso?
– Ni idea. Acabo de oírlo mientras salía por la verja.
Nos quedamos allí inmóviles, escuchando los habituales sonidos que se oían en el barrio por la mañana. Durante un minuto largo no se oyó nada, y luego empezó otra vez. Ladeé la cabeza como un cachorro, agucé el oído para localizar de dónde procedía, que sin duda estaba cerca.
