– ¿Gus? -pregunté.

– Es posible. Espera un momento. Tengo una llave de su casa.

Mientras Henry regresaba a la cocina para buscar la llave, recorrí los pocos pasos que separaban su propiedad de la casa contigua, donde vivía Gus Vronsky. Al igual que Henry, Gus se acercaba a los noventa años, pero todo lo que Henry tenía de perspicaz, Gus lo tenía de adusto. Se había granjeado la merecida fama de cascarrabias del barrio, la clase de individuo que avisaba a la policía si consideraba que un vecino tenía el volumen del televisor demasiado alto o el césped demasiado crecido. Llamaba al Departamento de Control de Animales para denunciar a perros que ladraban, perros perdidos y perros que dejaban deposiciones en su jardín. Llamaba al ayuntamiento para asegurarse de que cualquier obra menor -cercas, patios, cambios de ventanas, reparaciones en tejados- contaba con los permisos correspondientes. Sospechaba que la mayoría de las cosas que hacían los demás eran ilegales, y allí estaba él para enmendarles la plana. Ignoro si le preocupaban las normas y los reglamentos o si, más bien, le gustaba armar alboroto. Y si de paso conseguía indisponer a dos vecinos entre sí, tanto mejor para él. El entusiasmo que ponía a la hora de causar problemas era seguramente lo que lo había mantenido con vida tantos años. Yo no había tenido ningún roce con él, pero sabía de mucha gente que sí lo había sufrido. Henry lo toleraba pese a haber sido víctima de molestas llamadas telefónicas en más de una ocasión.

Desde que yo vivía en la casa de al lado, hacía ya siete años, había visto cómo la edad doblaba a Gus casi hasta romperlo. En su día fue un hombre alto, pero ahora tenía los hombros caídos y el pecho hundido y su espalda formaba una C, como si llevara al cuello una cadena invisible prendida de una bola que arrastraba entre las piernas. Todo esto desfiló por mi cabeza durante el breve momento que Henry tardó en regresar con un juego de llaves en la mano.



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