Tau cero

Poul Anderson

A Fritz Leiber

1

—Mira allí, sobre la Mano de Dios. Es ella, ¿no?

—Sí, creo que sí. Nuestra nave.

Eran los últimos en irse mientras cerraban el Millesgården. Habían pasado la mayor parte de la tarde vagando por entre las esculturas, él entusiasmado y maravillado al verlas por primera vez, ella despidiéndose en silencio de algo que había sido más importante en su vida de lo que había creído nunca. Tuvieron suerte con el tiempo, ahora que el verano acababa. Ese día en la Tierra había sido soleado, con brisas que hacían que las sombras de las hojas bailasen sobre las paredes de la villa, acompañadas del sonido claro de las fuentes.

Pero cuando el sol se puso, el jardín apareció de pronto más vivo. Era como si los delfines saltasen por sus aguas, Pegaso asaltase los cielos, Folke Filbyter buscase a su nieto perdido mientras su caballo cruzaba un vado, Orfeo escuchase y las jóvenes hermanas se abrazasen en su resurrección, todo en silencio, porque aquello se percibía en un instante, pero el tiempo en que esas figuras se movían no era menos real que el tiempo que llevaba a los hombres.

—Es como si estuviesen vivos, camino de las estrellas, y nosotros tuviésemos que permanecer atrás y envejecer —murmuró Ingrid Lindgren.

Charles Reymont no la escuchaba. Se quedó quieto sobre las baldosas bajo un abedul, cuyas hojas crujían y ya habían comenzado a cambiar ligeramente de color, y miró hacia la Leonora Christine. Sobre su base, la Mano de Dios sosteniendo el Genio del Hombre elevaba su silueta contra el crepúsculo verde azulado. Tras ella, la pequeña estrella veloz cruzó y se hundió de nuevo.

—¿Está seguro de que no se trataba de un satélite normal? —preguntó tranquila Lindgren—. No creía que pudiésemos ver…

Reymont levantó una ceja en su dirección.



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