
—¿Es la primer oficial y no sabe dónde está su propia nave o qué hace en este momento? —Su sueco tenía un acento entrecortado, como la mayoría de las lenguas que hablaba, un acento que destacaba el tono sardónico.
—No soy el oficial de navegación —dijo ella a la defensiva—. Además, me despreocupé todo lo que pude del tema. Debería hacer lo mismo. Ya pasaremos muchos años con esa preocupación. —Se medio acercó a él. Su tono se hizo más amable—. Por favor, no me arruine la tarde.
Reymont se encogió de hombros.
—Perdóneme. No lo pretendía.
Un empleado se acercó, se detuvo y dijo deferente:
—Lo siento, debemos cerrar.
—¡Oh! —Lindgren se sorprendió, consultó el reloj, y miró a las terrazas. Estaban completamente vacías exceptuando la vida que Carl Milles había moldeado en piedra y metal tres siglos antes—. Pero ya hace tiempo que debían haber cerrado. No me había dado cuenta.
El empleado se inclinó.
—Ya que la dama y el caballero claramente lo deseaban, les dejé solos después de que los otros visitantes se fuesen.
—Entonces sabe quienes somos —dijo Lindgren.
—¿Quién no? —El empleado la admiró con la mirada. Era alta y bien formada, de rasgos regulares, grandes ojos azules y pelo rubio cortado justo por debajo de las orejas. Sus ropas civiles tenían más estilo que lo normal en las mujeres del espacio; los ricos colores suaves y las telas fluidas de estilo neomedieval le sentaban bien.
Reymont contrastaba con ella. Era un hombre robusto, oscuro, de rasgos marcados que jamás se había tomado la molestia de eliminar la cicatriz que le marcaba la frente. Su túnica y pantalones sencillos bien podían haber sido un uniforme.
—Gracias por no molestarnos —dijo, más brusco que cordial.
—Di por supuesto que deseaban liberarse de ser celebridades —contestó el empleado—. Sin duda muchos otros les reconocieron, pero pensaron lo mismo.
