—Descubrirá que los suecos son corteses. —Lindgren le sonrió a Reymont.

—No lo discutiré —dijo su acompañante—. Nadie puede evitar encontrarse con ustedes cuando andan por todo el sistema solar. —Hizo una pausa—. Aunque aquel que controla el mundo es mejor que sea amable. Los romanos lo eran en su momento. Por ejemplo, Pilato.

El empleado se echó atrás ante el rechazo implícito. Lindgren dijo algo cortante:

—Yo dije älskvärdig, no artig («cortés» no «amable»). —Ofreció su mano—. Gracias, señor.

—El placer ha sido mío, Señora Primer Oficial Lindgren —contestó el empleado—. Que tengan un viaje afortunado y que regresen a salvo.

—Si el viaje es realmente afortunado —le recordó ella—, nunca volveremos a casa. Si lo hacemos… —Se interrumpió. Él ya estaría en la tumba—. De nuevo le doy las gracias —le dijo al hombrecillo de mediana edad—. Adiós —dijo a los jardines.

Reymont también le dio la mano y murmuró algo. Él y Lindgren salieron.

Paredes altas oscurecían la calle exterior casi desierta.

Las pisadas sonaban huecas. Después de un minuto la mujer dijo:

—Me pregunto si lo que vimos era la nave. Estamos en una latitud muy alta. Y ni siquiera una nave Bussard es lo bastante grande y brillante como para destacar frente al resplandor de la puesta de sol.

—Sí lo es cuando la red de recogida está extendida —le dijo Reymont—. Y ayer la movieron a una nueva órbita como parte de las comprobaciones finales. La volverán a colocar en el plano de la eclíptica antes de partir.

—Sí, por supuesto, he visto el programa. Pero no tengo razones para recordar exactamente quién hace qué en qué momento. Especialmente cuando todavía faltan dos meses para partir. ¿Por qué lo sabe usted?

—Quiere decir cuando sólo soy un policía. —La boca de Reymont se dobló en una sonrisa—. Digamos que me preocupo porque aspiro a tener una úlcera.



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