
Tomó aire y echó la cabeza hacia atrás. Por supuesto, tenía el pelo corto, así que no hubo melena alguna que cayera sobre su hombro, lo que significaba que aquella artimaña supuestamente seductora no iba a tener efecto alguno. Tras aquel pequeño fracaso, no pudo menos que alegrarse de haberse jurado no volver a salir con ningún hombre durante el resto de su vida.
– Considérame como el dragón que protege el castillo -continuó el hombre-. No vas a poder pasar a no ser que me digas qué es lo que quieres.
– ¿Nadie te ha explicado nunca que los dragones se extinguieron hace siglos?
En aquella ocasión, su interlocutor no disimuló la sonrisa.
– Yo soy la prueba de que continúan vivos.
Estupendo, pensó Dani; había llegado hasta el final para ser interceptada por aquel tipo. Un hombre de rostro atractivo, por cierto, lo suficiente como para que no pudiera mirarle con indiferencia, pero, al mismo tiempo, no tanto como para no haber cultivado, además de su belleza, su propia personalidad. Tenía unos ojos azules que podían resultar matadores. Y una mandíbula cuadrada que denotaba una fuerte determinación.
– Estoy aquí por motivos personales -contestó.
Era consciente de que aquella respuesta no iba a ser suficiente, pero tenía que intentarlo. ¿Qué otra cosa iba a decir? ¿Que había descubierto que podía no ser quien pensaba que era y que la respuesta a sus dudas estaba en aquel edificio?
El hombre dragón se puso serio y cruzó los brazos sobre el pecho. Dani tuvo entonces la sensación de estar siendo juzgada.
– No me lo creo -replicó el hombre con dureza-. El senador no participa en esa clase de juegos. Estás perdiendo el tiempo. Vete inmediatamente de aquí.
Dani se le quedó mirando fijamente.
– ¿Eh? ¿Pero él…? Oh, crees que estoy insinuando que el senador y yo… -esbozó una mueca-. ¡Dios mío, no! ¡Jamás! -retrocedió, un acto peligroso, teniendo en cuenta la altura de los tacones, pero no le quedaba otro remedio. Tenía que poner cierta distancia entre ellos-. No hay nada que pudiera resultarme más desagradable.
