
– ¿Por qué?
Dani suspiró.
– Porque hay alguna posibilidad de que yo sea su hija -más que una posibilidad, si su estómago revuelto era un indicativo de algo.
El hombre trajeado ni siquiera pestañeó.
– Te habría sido más útil insinuar que te habías acostado con él. Me sentiría más inclinado a creerlo.
– ¿Quién eres tú para juzgar lo que Mark Canfield pudo o no pudo hacer hace veintinueve años?
– Su hijo.
Aquello consiguió captar toda su atención. Dani lo sabía todo sobre la familia del senador.
– ¿Alex?
El hombre asintió.
Interesante. No porque pudiera tener ningún vínculo sanguíneo con el hijo mayor del senador. Mark Canfield y su esposa habían adoptado a todos sus hijos, Alex incluido, sino porque había alguna posibilidad de que fueran familia.
Dani no estaba segura de cómo se sentía al respecto. Tratar con su propia familia ya le resultaba suficientemente complicado. ¿De verdad tenía ganas de conocer a otra?
Evidentemente, pensó. Al fin y al cabo, estaba allí.
La necesidad de sentirse vinculada a alguien era tan intensa que no necesitó ninguna otra respuesta. Si Mark Canfield era su padre, quería conocerle y no dejaría que nadie se interpusiera en su camino. Ni siquiera su hijo adoptivo.
– Creo que ya he tenido suficiente paciencia con una secretaria y dos de los ayudantes de tu padre -dijo con firmeza-. He sido educada y comprensiva. Además, soy votante de este estado y tengo derecho a ver al senador que me representa. Así que ahora, por favor, apártate antes de que me vea obligada a ponerte en un aprieto.
– ¿Me estás amenazando? -preguntó Alex, y parecía casi divertido.
