– Tanto el hospital como yo apreciamos tu entusiasmo -dijo Katherine mientras se quitaba los zapatos.

Había estado presentando sus planes para el desfile de moda destinado a recaudar fondos para el hospital y después habían ido a tomar el té. Llevaba horas sin sentarse y sus pies estaban comenzando a hacérselo saber, otro síntoma de envejecimiento.

A la edad de Fiona, habría sido capaz de hacer todo eso y de pasarse después la noche bailando.

– Deberíamos limitarnos a enviar un cheque -dijo Katherine mientras se servía un vaso de agua. Después le sirvió otro a Fiona-. Eso supondría mucho menos trabajo.

Fiona sonrió.

– Siempre dices lo mismo, pero estoy segura de que no hablas en serio.

– Tienes razón.

Aunque las tareas benéficas ocupaban la mayor parte de su tiempo, le encantaba saber lo mucho que podían cambiar las cosas gracias al dinero recaudado.

El sonido de alguien corriendo le hizo volverse. Anticipando el encuentro, Katherine dejó el vaso sobre el mostrador, se agachó y abrió los brazos.

Segundos después, Sasha entraba corriendo en la cocina y volaba hasta ella.

– Mamá, mamá, por fin has vuelto. Te he echado mucho de menos. Yvette me ha leído un cuento y he estado viendo un vídeo de una princesa con Bailey. Hemos comido una hamburguesa con queso y luego Ian nos ha leído otro cuento y ha hecho voces.

Katherine se enderezó sin dejar de abrazar a su hija.

– Así que te lo has pasado muy bien.

– Sí -contestó Sasha sonriendo.

Tenía cinco años, la piel del color del café con leche y los ojos oscuros. Su pelo era una maraña de rizos. Katherine sospechaba que con el tiempo se convertiría en una auténtica belleza. Mark y ella iban a tener problemas para alejar a los chicos de su lado en unos años. Pero de momento, sólo tenían que preocuparse de que la niña creciera sana y fuerte.



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