Katherine miró a Fiona y vio el dolor que reflejaba su mirada. No pudo menos que compadecerla. Si las cosas hubieran salido bien, a esas alturas Fiona ya debería tener uno o dos hijos. Pero las cosas no habían ido como todos esperaban. Todo había cambiado en el momento en el que Alex había anunciado que quería el divorcio. Nunca había querido explicarle a su madre por qué, y Fiona decía estar igualmente desconcertada por aquel cambio repentino en sus sentimientos.

Katherine sabía que tenía que haber alguna razón. Alex era su hijo mayor y ocupaba un lugar muy especial en su corazón. Habían pasado muchas cosas juntos y sabía que no era la clase de hombre capaz de abandonar a una mujer sin motivo alguno. Estaba muy lejos de ser un hombre cruel o despiadado. Pero ella continuaba sin saber los motivos que le habían llevado a separarse de su esposa.

A Katherine le hubiera gustado decir algo para consolar a su amiga, pero no se le ocurría nada. Fiona sonrió con valor.

– Lo siento. No pretendía ponerme sentimental. Soy consciente de que te pongo en una situación embarazosa y no quiero empeorar las cosas. Pero quiero que sepas lo mucho que te agradezco que me ayudes con todas estas labores benéficas. Significa mucho para mí.

– Me encanta que trabajemos juntas -respondió Katherine-. Haya pasado lo que haya pasado entre Alex y tú, no tiene por qué afectar a nuestra amistad.

Además, en el fondo continuaba albergando la esperanza de que su hijo volviera con Fiona.

Fiona tomó aire.

– Si no te parece mal, voy a quedarme un rato en tu despacho. Quiero descargar los menús de los últimos diez años. No quiero que repitamos ningún plato.

– Gracias por ocuparte tú de eso. Yo voy a ver cómo están los niños. Y no te vayas sin despedirte.

– Claro que no.

Fiona salió y Katherine se volvió hacia las escaleras, pero antes de que hubiera dado un solo paso, oyó la puerta del garaje. Eso sólo podía significar una cosa: Mark estaba en casa.



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