
Sabía que era una tontería, pero, después de veintisiete años de casada, el corazón todavía se le aceleraba al saber que estaba a punto de ver a su marido. Muchas de sus amigas hablaban de cómo iba desapareciendo la magia de sus matrimonios, se quejaban de que había desaparecido de ellos toda emoción, pero ése no era el caso de Katherine. Nunca lo había sido. Cada día quería más a Mark. Para ella, era su príncipe azul. Y aunque adoraba a sus hijos, él era el único que de verdad le había robado el corazón.
Se pasó la mano por el pelo y se alisó la chaqueta. No tenía tiempo de maquillarse, así que se mordió los labios para hacerlos enrojecer y tomó aire. Quería estar atractiva para Mark. Segundos después, se abrió la puerta del cuarto de lavar y planchar y entró Mark en la cocina.
Estaba exactamente como el día que Katherine le había conocido; era un hombre alto, atractivo, de pelo rubio oscuro y ojos profundamente azules. Unos ojos que entrecerraba a veces ligeramente, como si estuviera ocultando algún divertido secreto.
– Hola, cariño -dijo Mark mientras se acercaba a ella-, ¿cómo estás?
– Muy bien. Qué pronto has llegado hoy.
– Quería verte.
A Katherine le dio un vuelco el corazón. En el instante en el que Mark rozó sus labios, renació una vez más el deseo.
Katherine disimuló aquella reacción ante un beso sin importancia, algo que había aprendido a hacer durante los primeros meses de su matrimonio. Pero eso no significaba que el deseo desapareciera.
Años atrás, había leído un artículo sobre las relaciones de pareja. El autor decía que en la mayoría de los matrimonios, los sentimientos de uno de los miembros eran más intensos que los del otro. Katherine sabía que en su caso era completamente cierto. Mark la quería, pero no la idolatraba como ella a él. No comprendía la profundidad de su sentimientos. Ella había aprendido a controlar aquellos sentimientos salvajes que se desataban en su interior cada vez que Mark estaba cerca, pero jamás había conseguido aplacarlos. Para ella, no había habido nunca otro hombre.
