
– ¿Me serviría de algo?
Alex la recorrió de los pies a la cabeza con la mirada. En el transcurso de los seis meses anteriores, Dani había tenido oportunidad de aprender que llamar la atención de los hombres no era algo que le reportara ningún beneficio. Sabía que, inevitablemente, sus relaciones con ellos terminaban en desastre. Pero a pesar de haberse jurado que no quería volver a saber nada del género masculino, no pudo evitar sentir un ligero estremecimiento al ser objeto de aquella firme mirada.
– No, pero podría ser divertido.
– Desde luego, tienes respuesta para todo.
– ¿Y eso es malo?
– No tienes ni idea de hasta qué punto. Ahora, apártate, dragón. Voy a ir a ver al senador Canfield.
– ¿Dragón?
Aquel tono divertido no procedía de la persona que tenía frente a ella. Dani se volvió al oír aquella voz y vio a un hombre cuyo rostro conocía de sobra en el marco de una puerta abierta.
Conocía al senador Mark Canfield porque le había visto en televisión. Incluso le había votado. Pero hasta hacía muy poco tiempo, para ella sólo era un político más. En aquel momento, sin embargo, tenía frente a ella al hombre que muy probablemente era su padre.
Abrió la boca, e inmediatamente la cerró como si de pronto hubieran desaparecido todas las palabras de su cerebro, como si hubiera perdido la capacidad de hablar.
El senador comenzó a caminar hacia ellos.
– Así que eres un dragón, ¿eh, Alex? -le preguntó al hombre que estaba hablando con Dani.
Alex se encogió de hombros. Era evidente que se sentía incómodo.
– Le he dicho que era el dragón que vigilaba el castillo.
El senador posó la mano en el hombro de su hijo.
– Y has hecho un buen trabajo. Así que ésta es la dama que está causando problemas -se volvió hacia Dani y sonrió-. No parece especialmente amenazadora.
– Y no lo soy -consiguió decir ella.
– No estés tan seguro -le advirtió Alex a su padre.
