Señaló uno de los rincones del despacho en el que había un sofá, un par de butacas y una mesita de café.

– Siéntate -le pidió.

Dani se sentó en el borde del sofá y miró alrededor del despacho.

Era un lugar grande y espacioso, pero sin ventanas. Tampoco podía decir que fuera para ella una sorpresa que un senador que había montado su campaña en un almacén no disfrutara de grandes lujos. Por lo que había visto hasta el momento, al senador no debía gustarle gastarse mucho dinero en apariencias. El escritorio era viejo, con la madera rayada; el único color que había en las paredes procedía de un mapa a gran escala de las diferentes zonas del condado.

– ¿De verdad pretende llegar a ser presidente? -le preguntó Dani.

Que una persona a la que acababa de conocer pudiera hacer algo así superaba su capacidad de comprensión.

– Estamos explorando esa posibilidad -contestó el senador mientras se sentaba en una butaca, enfrente del sofá-. En realidad, ésta no será siempre mi sede. Si la campaña va bien, nos trasladaremos a un lugar que sea más accesible, pero ¿por qué gastar dinero si en realidad no tenemos por qué hacerlo?

– Bien dicho.

El senador se inclinó y apoyó los antebrazos en las rodillas.

– No me puedo creer que seas la hija de Marsha. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? ¿Treinta años?

– Veintiocho -contestó Dani, sintiendo que se sonrojaba violentamente-. Aunque supongo que para usted casi veintinueve.

El senador asintió lentamente.

– Recuerdo la última vez que la vi. Estuvimos comiendo en el centro de la ciudad. Recuerdo perfectamente su aspecto. Estaba preciosa.

Apareció una sombra en sus ojos, como si hubiera algo en su pasado que Dani ni siquiera podía empezar a imaginar. Tenía muchas preguntas que hacerle, pero no le resultaba fácil formular ninguna de ellas.



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