– Esto no es absurdo. Es de verdad.

De nuevo, Carrick enarcó su ceja oscura mientras rozaba la yema de su dedo con los dientes.

Algo cálido y fogoso estaba revelándose dentro de ella y, temerosa de caer en un estado de deseo más profundo, apartó el dedo sólo para ver el destello de la risa mortífera y el brillo de diversión en los ojos azul claro de Carrick.

– ¿Tenéis miedo? -se burló él.

– ¿De vos? -negó, atormentándole mientras se acercaba a él-. No, Carrick, sólo soy precavida.

La risa del joven estalló, sonora y estentórea, y retumbó en el corazón de Morwenna. En ese instante se enamoró de esa bestia blasfema.

– Milady.

Morwenna parpadeó y prestó atención a Alexander. Las oraciones del padre Daniel habían cesado y quienes atendían al hombre desfallecido parecían mirarla fijamente.

– Disculpadme -dijo ella, aclarándose la garganta y sintiendo que el calor le subía hasta las mejillas, como si todos los que estuvieran dentro de la torre hubieran podido leer sus pensamientos-. ¿Qué sucede?

El capitán de la guardia dijo con suavidad:

– Si me lo permitís, quisiera hablar un momento con vos.

– Sí, desde luego. Vayamos al solar -dijo, y rápidamente se dirigió a la escalera-. No mováis a ese hombre -pidió al médico- hasta que yo vuelva o diga lo contrario.

– Como deseéis.

Nygyll apenas levantó la mirada mientras limpiaba una herida particularmente desagradable de uno de los ojos hinchados del paciente.

Morwenna subió la escalera a toda prisa, aliviada por alejarse del desconocido, cuyo cuerpo herido estaba terriblemente apaleado y cuya ropa andrajosa apenas le cubría el cuerpo, y del anillo inquietante que llevaba ceñido en el dedo.

El solar era una estancia grande a la que podía accederse desde el vestíbulo o desde los aposentos privados de Morwenna. Cuando entró, una de las sirvientas salió diligentemente de la estancia tras retirar las cenizas y encender el fuego.



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