
– No es pecado tomar precauciones -dijo el capitán.
Le asaltó a Morwenna de nuevo la advertencia que Carrick lanzara a la brisa veraniega hacía mucho tiempo: «Hay que tener siempre cuidado. Lo que en apariencia es inocente, a menudo demuestra ser mortífero».
La mirada atenta y oscura de Alexander rozó la suya, y no era la primera vez que ella notó algo en aquellos ojos marrones, algo que él rápidamente trató de disimular apartando la mirada.
Un golpe seco en la puerta rompió el incómodo silencio.
– Soy Fyrnne, milady -pidió permiso con una voz suave.
– Entra, por favor.
– El cocinero pensó que os gustaría tomar un bocado también.
La criada entró acarreando una amplia bandeja. La colocó sobre la mesa pequeña entre Morwenna y el capitán de la guardia.
Dejó una cesta con pan caliente y platillos con huevos cubiertos de gelatina, anguilas salteadas y manzanas asadas.
– Muy bien, gracias -dijo Morwenna. El estómago de Morwenna gruñó mientras ofrecía a Alexander una copa.
– Esto es todo, Fyrnne.
– Como deseéis.
Una vez Fyrnne se hubo retirado, Morwenna volvió a mirar al capitán de la guardia.
– Ahora decidme, Alexander, ¿pensáis que el hombre que está abajo es peligroso? ¿Por qué?
– Lo encontraron no muy lejos del castillo, escondido en un bosquecillo de árboles que domina el camino que conduce a la entrada trasera.
– Y golpeado casi hasta acabar con su vida. ¿Llevaba alguna arma encima?
– Sí, una daga atada con una correa a la pierna, dentro de la bota. Y una espada.
– ¿Envainada?
– Sí.
– ¿Había rastros de sangre en ella?
Alexander negó con la cabeza y tomó un trago de la copa.
– No.
– Entonces, ¿no se defendió del ataque?
– No con un arma que podamos determinar. El alguacil y algunos de sus hombres están rastreando el área donde se localizó el cuerpo.
