
– De acuerdo -asintió Alexander.
Sin perder un instante, atravesaron la puerta abierta hasta el patio exterior, donde las ovejas, el ganado y otros caballos estaban encerrados. En el huerto, unos árboles esqueléticos se erguían, sin poder evitar temblar por el soplo del viento. En las ramas desnudas sólo se podían ver unas manzanas resistentes al invierno y un cuervo que graznaba.
Mientras pasaban bajo la reja elevadiza de la puerta trasera, Alexander masculló algo en voz baja sobre la «insensata» misión. Alzó una mano enguantada al guardia y luego espoleó al caballo y se encaminó hacia el sendero helado que conducía al río.
Fuera de la protección de las gruesas paredes del castillo, el viento se desataba con ferocidad, abofeteando una y otra vez la cara de Morwenna y agitándole el cabello. Sin hacer caso del frío, instó a Alabastro a seguir el ritmo del caballo más rápido y sintió cómo se estiraba bajo sus piernas y alargaba las patas en un galope ligero, ya fuera del camino, a la carrera a través de un campo en barbecho, y se dirigieron a los bosques situados al lado norte de la torre. Bryanna gritó de felicidad, se aferró al cuello de Mercurio y les siguió con coraje. Para su hermana menor, esa mañana era una fiesta, un grato soplo de entusiasmo. Para Morwenna, la situación era mucho más grave y molesta, aunque también se sintió muy animada por la ráfaga de viento y los terrones sucios que los cascos del caballo hacían saltar al galope. Le iba bien escapar de los muros del castillo. El espíritu pareció elevársele, notó como si se le quitara un peso de encima porque, a pesar de que le encantaba Calon, había algo en el interior de la torre, algo oscuro y siniestro que no entendía, una tiniebla que no conseguiría empañar la alegría que le invadía esa mañana.
«Llevas escuchando a Isa demasiado tiempo».
«Has tenido sueños demasiado inquietantes».
Alexander aminoró la marcha en el límite del bosque, y mientras los caballos respiraban con dificultad, espirando el aire caliente por los orificios de la nariz, avistó las huellas de un ciervo, pisoteadas recientemente por los cascos de muchos caballos.
