
– Y no me dedicaréis ninguno, ¿me equivoco?
Ella había inclinado su cabeza hacia atrás y se había reído.
– Aquí es donde os equivocáis. Creo con todo mi corazón que vos, Carrick de Wybren, sois la serpiente más hermosa, arrogante y orgullosa que jamás haya conocido.
– ¿Una serpiente? -dijo con fingida estupefacción-. ¡Me habéis herido!
– ¿Una víbora?
– Es lo mismo.
– Ambas hablan con una lengua bífida, ¿no? -había bromeado ella.
Y al tiempo que una chispa llameaba en sus ojos, él había dejado caer la espada, que impactó sonoramente contra las piedras, y la inmovilizó veloz contra la pared con su propio cuerpo. Sus músculos fibrosos se habían tensado sobre los de ella, pantorrilla contra pantorrilla, muslo contra muslo, pecho contra pecho. Ella apenas podía respirar por la presión que ejercía con su cuerpo.
– Me desconcertáis, Morwenna -le había dicho.
Y ella notó su respiración entrecortada en el oído. Las manos masculinas sujetaron las de ella por encima de la cabeza. Luego descendieron por el cuerpo acariciándole la piel. Sentía el corazón embravecido, latiendo y palpitando salvajemente. Después él la había besado, su cara encendida, sus labios duros e insistentes y aquella lengua, que había menospreciado hacía escasos instantes, obró su magia en ella. Con un gemido que trataba de disuadirle, Morwenna se había derretido contra las paredes del patio…
– ¡Vámonos!
La voz de Bryanna sesgó la fantasía de Morwenna como si se tratara de una cuchilla. Exhaló un suspiro, notó que Alexander la miraba fijamente, y se sonrojó en medio del aire gélido. Carraspeó, ladeó ligeramente la cabeza y dejó sus recuerdos a un lado justo en el momento en que Alabastro salía al trote del establo, y Mercurio detrás.
Con la ayuda del mozo de cuadra, Bryanna montó y tomó las riendas entre sus dedos enguantados.
– Vámonos -dijo otra vez enérgicamente, con el entusiasmo llameando en sus ojos.
