
Su maleta pesaba e hizo mucho ruido cuando la depositó en el primer rellano. Giorgio Bruscandi, el hijo mayor de sus vecinos, había dejado su calzado deportivo allí, pero ella se sintió casi feliz al verlo: una prueba de que ya estaba en casa. Levantó la maleta y la transportó hasta el segundo rellano, donde encontró, como esperaba, unos fajos cuidadosamente atados de Famiglia cristiana y de Il Giornale. El signor Volpe, que se había convertido en un fervoroso ecologista a su avanzada edad, siempre dejaba a la puerta su papel para reciclar los domingos por la noche, aunque no había necesidad de sacarlo hasta el martes por la mañana. Tan complacida estaba de ver ese signo de vida normal, que se olvidó de formular su automático juicio de que la basura era el mejor lugar para ambas publicaciones.
El tercer rellano estaba vacío, como también la mesa situada a la izquierda de la puerta. Anna Maria se sintió decepcionada: aquello significaba que no había recibido correo durante la última semana -¡lo que le resultaba increíble!- o que la signora Altavilla había olvidado dejárselo para cuando regresara.
Miró su reloj y vio que eran casi las diez. Sabía que la anciana se acostaba tarde: una vez se confesaron la una a la otra que la mayor satisfacción de vivir solas consistía en la libertad de quedarse leyendo en la cama tanto tiempo como quisieran. Retrocedió hasta la puerta del piso de la signora Altavilla, y trató de comprobar si se filtraba luz por debajo, pero la luz del rellano hacía imposible distinguirla. Se acercó a la puerta y acercó el oído, esperando percibir algún ruido en el interior: la televisión indicaría que la signora Altavilla seguía levantada.
