
Contrariada por el silencio, cogió la maleta y la dejó caer ruidosamente sobre las baldosas. Escuchó, pero en el interior no se produjo sonido alguno. Tomó de nuevo la maleta y empezó a subir las escaleras, teniendo cuidado de que el borde de aquélla golpeara el plano vertical del primer peldaño, esta vez más fuerte. Subió pues las escaleras haciendo tanto ruido con la maleta que, si ella hubiera oído que algún otro lo hacía, habría reflexionado de pasada sobre la desconsideración humana o habría asomado la cabeza por la puerta para comprobar qué sucedía.
Una vez en lo alto de la escalera, dejó caer de nuevo la maleta. Encontró la llave y abrió la puerta de su piso. Nada más abrirla se sintió sumergida en la paz y la certidumbre. Todo cuanto había dentro era suyo, y en aquellas habitaciones ella decidía qué hacer, cuándo y cómo. No tenía reglas ajenas que obedecer y a nadie a quien besar la mano, y este pensamiento ponía fin a toda duda: estaba segura de haber hecho lo que debía al abandonar Palermo, abandonar a Nico y poner fin a la relación.
Encendió la luz y miró automáticamente el sofá, al otro lado de la habitación, donde el orden militar de los cojines le confirmó que la mujer de la limpieza había estado allí en su ausencia. Introdujo la maleta, cerró la puerta y dejó que el silencio se extendiera y penetrara en ella. Estaba en casa.
Anna Maria atravesó la habitación y abrió la ventana y las persianas. Al otro lado del campo se levantaba la iglesia de San Giacomo dell'Orio: si su ábside redondeado hubiera sido la proa de un barco navegando, habría apuntado a sus ventanas y no habría tardado en echársele encima.
Recorrió el piso, abrió todas las ventanas y empujó hacia fuera y aseguró las persianas. Se llevó la maleta al cuarto de invitados y la colocó encima de la cama, luego siguió recorriendo el piso, y cerró las ventanas para resguardarse del frío nocturno de octubre.
