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Guido Brunetti, commissario di polizia de la ciudad de Venecia, cenaba frente a su inmediato superior, el vicequestore Giuseppe Patta, y rezaba para que llegara el fin del mundo. Se hubiera conformado con ser abducido por los extraterrestres o quizá con la irrupción violenta de unos terroristas barbudos abriéndose paso a tiros en el restaurante y con sed de sangre en la mirada. El caos resultante habría permitido a Brunetti, que como de costumbre no llevaba su arma, apoderarse de una de un terrorista al pasar, y utilizarla para disparar contra el vicequestore y su ayudante, el teniente Scarpa, y matarlos. Sentado a la izquierda del vicequestore, Scarpa estaba emitiendo en aquel preciso momento su mesurado -y negativo- juicio sobre la grappa que se les había ofrecido al final de la comida.
– Ustedes, la gente del Norte -dijo el teniente, con un gesto de condescendencia en dirección a Brunetti-, no comprenden lo que es elaborar vino; así pues, ¿cómo podrían saber lo que es hacer cualquier otra cosa?
Bebió el resto de su grappa, hizo un leve mohín de desagrado -el gesto estaba tan cuidadosamente elaborado como para permitir a Brunetti distinguir con facilidad entre el desagrado y la repugnancia- y dejó el vaso en la mesa. Dirigió una mirada a Brunetti que era una abierta interrogación, como si lo invitara a hacer una contribución a la franqueza enológica, pero Brunetti se negó al juego y se contentó con terminar su propia grappa. Sin embargo, gran parte de aquella cena con Patta y Scarpa podía haber empujado a Brunetti a echar de menos una segunda grappa -o tercera-, pero dado que esta opción hubiera prolongado la sobremesa, optó por resistir el ofrecimiento del camarero, del mismo modo que el buen sentido lo indujo a resistirse al cebo que le ofrecía Scarpa.
El rechazo de Brunetti a comprometerse espoleó al teniente, o quizá fue la grappa -¡la segunda!-, porque empezó:
