
La signora Altavilla había crecido en la Italia de la posguerra, y si bien el matrimonio le había proporcionado felicidad y buena posición, nunca se había desprendido de los hábitos de frugalidad. Anna Maria, que había crecido en una familia pudiente y en la próspera Italia en auge, nunca aprendió tales hábitos. Por eso a la más joven de aquellas dos mujeres siempre le parecieron pintorescas las costumbres de la mayor de apagar la luz cuando salía de una habitación, de llevar dos suéteres en invierno y de expresar auténtica satisfacción cuando encontraba una ganga en los supermercados Billa.
«Costanza?», preguntó de nuevo, más para poner fin a sus propios pensamientos que porque creyera que iba a recibir una respuesta. En un intento inconsciente de liberar sus manos, dejó las llaves encima de las cartas y permaneció en silencio, atraída su mirada por la luz procedente de la puerta abierta al final del pasillo.
Inspiró y dio un paso, y luego otro y otro. Se detuvo en la puerta y sintió que no podía seguir adelante. Se dijo que no debía comportarse como una estúpida, y se obligó a inclinarse hacia delante y echar un vistazo por la puerta semiabierta. «Costan…», empezó a decir, pero se tapó la boca con una mano al ver otra mano en el suelo. Y luego el brazo, y el hombro y después la cabeza o, al menos, su parte posterior. Y el pelo corto y gris. Anna Maria llevaba años queriendo preguntar a la anciana si su negativa a teñirse el cabello del rojo obligatorio en las mujeres de su edad era otra manifestación de su asumida frugalidad o, simplemente, la aceptación de que su cabello blanco le suavizaba las arrugas de la cara, añadiéndole dignidad.
Miró a la mujer inmóvil: la mano, el brazo, la cabeza. Y comprendió que nunca llegaría a preguntárselo.
