

Gianrico Carofiglio
Testigo involuntario
A lo que el gusano llama el fin del mundo,
el resto del mundo lo llama mariposa.
Lao-Tse, El libro de la Vía y de la Virtud
PRIMERA PARTE
1
Recuerdo muy bien el día anterior -mejor dicho, la tarde anterior- a que todo empezara.
Había llegado a la oficina hacía un cuarto de hora y no tenía ninguna intención de ponerme a trabajar. Ya le había echado un vistazo al correo electrónico, a la correspondencia, había ordenado algunas de las cartas traspapeladas y realizado un par de llamadas inútiles. En definitiva, había agotado todos los pretextos y había encendido un cigarrillo.
Ahora disfruto tranquilamente del cigarrillo y después ya empezaré.
Cuando acabe el cigarrillo ya encontraré cualquier otra cosa que hacer. Tal vez salga si me acuerdo de que tengo que ir a la librería Feltrinelli a recoger un libro, algo que he ido postergando.
Mientras fumaba sonó el teléfono. Era la línea interna, mi secretaria desde la recepción.
Había un señor que no tenía cita, pero decía que era urgente.
Casi nadie tiene cita nunca. La gente va a ver al abogado penalista cuando tiene problemas serios y urgentes, o cuando está convencida de que los tiene. Lo que es, obviamente, lo mismo.
De todas maneras mi despacho funcionaba así: mi secretaria me llamaba, en presencia del señor o de la señora que tenía necesidad urgente de hablar con el abogado. Si estaba ocupado -por ejemplo con otro cliente- les hacía esperar hasta que no hubiera terminado.
Si no estaba ocupado, como aquella tarde, les hacía esperar igual.
Que quede claro que en esta oficina se trabaja, y le atiendo sólo porque se trata de un caso urgente.
