Le dije a María Teresa que le comunicara al señor que lo atendería al cabo de diez minutos, pero que no podría dedicarle mucho tiempo porque a continuación tenía una reunión importante.

Los abogados -piensa la gente- a menudo tienen reuniones importantes.

Transcurridos diez minutos entró el señor. Tenía el pelo largo y negro, la barba larga y negra y los ojos abiertos de par en par. Se sentó y se apoyó en la mesa, acercándose hacia mí.

Por unos instantes estuve seguro de que diría: «Acabo de matar a mi mujer y a mi suegra. Están abajo en el coche, en el maletero. Por suerte tengo un coche familiar. Abogado, ¿qué debemos hacer ahora?»

No dijo eso. Tenía una caravana en la que cocinaba salchichas y hamburguesas. Los inspectores sanitarios se la habían confiscado porque las condiciones higiénicas eran más o menos las de las alcantarillas de Benarés.

El barbudo quería que le devolvieran su caravana. Sabía que yo era un buen abogado porque se lo había dicho un amigo suyo que era cliente mío. Con una especie de sonrisa asquerosa de complicidad pronunció el nombre de un traficante para quien yo había conseguido pactar una condena vergonzosamente reducida.

Le pedí un anticipo desproporcionado y él se sacó del bolsillo de los pantalones un fajo de billetes de cien y de cincuenta.

No me dé los que están manchados con mayonesa, por favor, pensé resignado.

Él contó con el índice y el pulgar la cantidad que le había pedido. Me dejó la copia del decomiso y todos los demás papeles. No, no quería un recibo, y para qué me sirve, abogado. Otra sonrisa de complicidad. Lógico, entre nosotros, evasores fiscales, nos comprendemos.

Tiempo atrás mi trabajo me gustaba bastante. Ahora, por el contrario, me producía una vaga sensación de náusea. Y cuando encontraba tipos como el vendedor de hamburguesas la náusea aumentaba.

Pensé que me merecía una cena con las salchichas del señor



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