
El gimnasio estaba en un sótano húmedo, el maestro era un señor delgado de unos setenta años, los brazos todavía secos y musculosos, el rostro de Buster Keaton. Era amigo de mi abuelo.
Recuerdo perfectamente cuando entramos, después de haber bajado por una escalera estrecha y mal iluminada. Nadie hablaba y sólo se oían los pequeños ruidos sordos de los puñetazos contra el saco, los chasquidos de las cuerdas, el ritmo del punching ball. Había un olor que no soy capaz de describir, pero lo siento en la nariz, ahora que escribo, y me provoca escalofríos.
Que yo me ejercitara en el boxeo fue mucho tiempo un secreto para mi madre. Sólo lo supo cuando, con diecisiete años y medio, gané la medalla de plata en los campeonatos regionales juveniles, categoría welter.
El abuelo, sin embargo, no consiguió verme en aquel podio de conglomerado.
Tres meses antes estaba paseando por un pinar con su pastor alemán, cuando se detuvo y se sentó tranquilamente en un banco.
Un joven que estaba allí cerca dijo que poco después había apoyado la cabeza en el respaldo, de manera extraña, tras haber acariciado al perro.
Al perro tuvieron que matarlo los carabineros antes de poder acercarse al cuerpo de aquel señor e identificarlo como Guido Guerrieri, catedrático jubilado de historia de la filosofía medieval.
Mi abuelo.
Gané más medallas después de aquellos campeonatos regionales. También una de bronce en los campeonatos universitarios italianos, en la categoría de peso medio.
Nunca he tenido el puño pesado, pero había aprendido bien la técnica, era delgado y alto, con los brazos más largos que los de mi mismo peso.
Poco antes de licenciarme lo dejé, porque el boxeo sólo lo puedes practicar mucho tiempo si eres un campeón o si tienes alguna cosa que demostrar.
Yo no era un campeón y me parecía que ya había demostrado lo que tenía que demostrar.
