Este problema podía incluso requerir una intervención quirúrgica de emergencia, la cual podía, a su vez, determinar una discapacidad sexual permanente.

El final, sin embargo, era tranquilizador: el riesgo de sobredosis mortales por consumo de Trankimazin era afortunadamente más bajo respecto al relacionado con el consumo de antidepresivos tricíclicos.

Acabada la lectura, empecé a meditar.

¿Qué se hace en el caso de una erección prolongada y dolorosa? ¿Se va al hospital aguantándosela con la mano? ¿Se usan calzoncillos muy cómodos? ¿Qué se le dice al doctor? ¿Cuál es la discapacidad sexual permanente?

Es más: ¿qué hace falta para una sobredosis mortal de Trankimazin? ¿Bastan dos píldoras? ¿Hay que tomarse la caja entera?

No hallé respuestas para aquellas preguntas, pero el compuesto acabó en el retrete junto con todos los demás medicamentos que me había recetado mi psiquiatra. Mi ex psiquiatra.

Vacié a conciencia todos los envases y tiré de la cadena. Luego tiré a la basura las cajas, los frascos, las ampollas y los folletos explicativos.

Cuando hube acabado me serví medio vaso abundante de whisky -evite el alcohol- y puse en el vídeo la cinta de Momentos de gloria. Una de las pocas que había traído conmigo.

Mientras empezaban a pasar las primeras imágenes, encendí un Marlboro -evite la nicotina, como mínimo por la noche- y, por primera vez después de mucho tiempo, me sentí casi de buen humor.

6

De joven había practicado el boxeo.

Me había llevado mi abuelo después de haberme visto llegar a casa con la cara hinchada por las bofetadas. Me las había dado un tipo más grande -y más malo- que yo.

Tenía catorce años, estaba delgadísimo, con la nariz roja y brillante por el acné, estudiaba cuarto en el ginnasio [2] yestaba convencido de que la felicidad no existía. Al menos, para mí.



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