Me estaba diciendo que me había convertido en un hombre mediocre o que acaso siempre lo había sido. Y ella no tenía ganas de vivir con un hombre mediocre. Ya no.

Como un verdadero hombre mediocre, no encontré nada mejor que preguntarle si había otro. Contestó sencillamente que no y que, además, desde aquel instante, eso ya no era asunto de mi incumbencia.

Correcto.

La conversación no se alargó mucho y diez días más tarde estaba fuera de casa.

2

Así que me echaron -civilizadamente- de casa y mi vida cambió. No mejoró, si bien no me di cuenta enseguida.

Durante los primeros meses tuve incluso una sensación de alivio y un sentimiento casi de gratitud hacia Sara. Por el valor que había tenido y que a mí siempre me había faltado.

En definitiva, me había sacado las castañas del fuego, como se suele decir.

Había pensado muchas veces que aquella situación no podía durar y que debía hacer alguna cosa. Tenía que tomar la iniciativa, encontrar una solución, hablarle honestamente. Hacer algo.

Pero como era un cobarde no había hecho nada, aparte de aprovechar las ocasiones clandestinas que se me habían presentado.

En realidad, si pensaba en ello, las cosas que había dicho aquella mañana me quemaban. Me había tratado de mediocre y de pequeño cobarde y yo lo había encajado sin reaccionar.

Además, en los días posteriores a aquel sábado, cuando ya había ido a vivir a mi nueva casa, pensé en más de una ocasión en lo que podría haber contestado, en definitiva, para mantener un mínimo de dignidad.

Me acudían a la mente frases del tipo: «No quiero negar mi responsabilidad, pero recuerda que toda la culpa nunca es de una sola parte». Y cosas parecidas.



5 из 211