
Intenté llamar a una amiga con la que me veía -a escondidas- en aquella época, pero ella me dijo en voz baja desde el móvil que estaba con su novio. ¿Qué podía esperar un viernes? Me sentí incómodo y entonces decidí que alquilaría un buen film policiaco, sacaría de la nevera una pizza congelada, una cerveza grande, fría, y de una manera u otra aquel viernes habría pasado.
Alquilé Black Rain, aunque la había visto dos veces. La vi por tercera vez y todavía me gustó. Me comí la pizza, me bebí toda la cerveza. Luego bebí un whisky y me fumé varios cigarrillos. Miré varios canales y descubrí que en las televisiones locales habían vuelto a poner películas porno. Esto me hizo darme cuenta de que ya era la una pasada, así que me fui a dormir.
No sé a qué hora me dormí y no sé cuándo regresó Sara, porque no la oí volver.
A la mañana siguiente me desperté cuando ella ya se había levantado. Entré en la cocina con cara de sueño, y ella, sin decir nada, me sirvió una taza de café americano. El café americano, abundante, siempre nos había gustado a los dos.
Bebí dos sorbos y estaba a punto de preguntarle a qué hora había regresado la noche anterior cuando me dijo que quería la separación.
Lo dijo así, simplemente: «Guido, quiero que nos separemos».
Tras muchos segundos de silencio ensordecedor me vi abocado a la pregunta más banal.
¿Por qué?
Me dijo el porqué. Estuvo tranquila e implacable. Quizá yo pensaba que no se había dado cuenta de cómo había transcurrido mi vida por lo menos en los últimos, digamos, dos años. Pero ella sí se había dado cuenta y no le había gustado. Lo que la había humillado más no era mi infidelidad -aquella palabra me golpeó el rostro como un escupitajo- sino el hecho de que le hubiera faltado realmente al respeto tratándola como a una estúpida. Ella no sabía si yo siempre había sido así o si había ido cambiando. No sabía qué hipótesis prefería y tal vez tampoco le importaba mucho.
