
Un ama de casa recibió la carta y decidió no romper la cadena. Sin embargo extravió la carta y, de hecho, interrumpió la cadena. Enfermó de meningitis a los pocos días y, a pesar de curarse, quedó inválida toda su vida.
Un médico, al recibir la carta, la rompió diciendo, en tono desafiante, que no había que creer en aquellas supersticiones.
Pasados varios meses fue despedido de la clínica en la que trabajaba, fue abandonado por su mujer, enfermó y finalmente murió enloquecido.
¡No hay que interrumpir la cadena!
Leí la carta a mis amigos, que la encontraron hilarante. Cuando hubieron acabado con las risas me preguntaron si pensaba destrozarla y morir enloquecido. O ponerme pacientemente a hacer las diez copias con bella caligrafía, lo cual no habrían dejado de recordarme -con poca elegancia, pienso- al menos durante los siguientes diez años.
Esto me puso de los nervios, pensé que no habrían sido tan ocurrentes si la carta les hubiera llegado a ellos y dije que obviamente la rompería. Ellos pretendieron que lo hiciera delante suyo. Insinuaron que podía cambiar de idea y, alejado de ojos indiscretos, hacer las famosas diez copias, etcétera.
En definitiva, me vi obligado a romperla en pedazos y, cuando hube acabado, el más gracioso de los tres dijo que no tenía por qué preocuparme: en el momento oportuno ellos se ocuparían de que me ingresaran en un manicomio acogedor.
Más o menos dieciocho años después me había encontrado pensando -seriamente- que la profecía se estaba cumpliendo.
En cualquier caso, el miedo a sufrir un nuevo ataque de pánico y a enloquecer no eran mi único problema.
Empecé a padecer insomnio. Pasaba las noches casi completamente en blanco, conciliando el sueño sólo poco antes del alba.
Pocas veces me dormía en horarios más normales. En estas ocasiones, sin embargo, me despertaba inexorablemente dos horas después y no podía quedarme en la cama. Si lo intentaba, me asaltaban pensamientos muy tristes, insoportables. Sobre cómo había malgastado mi vida, sobre mi infancia. Y sobre Sara.
