Entonces me veía obligado a levantarme y vagaba por mi apartamento. Fumaba, bebía, miraba la televisión, encendía el móvil con la esperanza absurda de que alguien me llamara a altas horas de la noche.

Empecé a preocuparme de que la gente se diera cuenta de mi situación.

Sobre todo empecé a preocuparme de poder perder el control y pasé todo el verano de esa guisa.

Cuando llegó agosto no encontré a nadie que quisiera viajar conmigo -en realidad no lo busqué- y no tuve el valor de irme solo. Así que vagabundeé, encontrando alojamiento en las casas y los trulli [1] de los amigos, en el mar o en el campo. ¡No creo haberme ganado muchas simpatías durante estos vagabundeos!

La gente me preguntaba si estaba un poco deprimido y yo contestaba que sí, un poco, y normalmente la conversación no se alargaba mucho. A los pocos días comprendía que era el momento de hacer las maletas y encontrar otro refugio, buscando con ahínco evitar el regreso a la ciudad.

En septiembre, viendo que las cosas no mejoraban y, en particular, que ya no soportaba pasar las noches en blanco, fui a ver a mi médico, que además era amigo mío. Necesitaba alguna cosa para dormir.

Él me visitó, me hizo hablar de mis síntomas, me tomó la presión, me miró los ojos con una lamparita, me hizo hacer unos ejercicios un poco dementes de equilibrio y al final dijo que sería mejor si me visitaba un especialista.

– ¿Qué quieres decir, perdona? ¿Qué especialista?

– Bueno, un especialista en estos problemas.

– ¿Quéproblemas? Dame algo para dormir y acabemos de una vez.

– Guido, la situación es un poco más compleja. Tienes un aspecto muy cansado. No me gusta el modo en que miras a tu alrededor. No me gusta cómo te mueves, no me gusta cómo respiras. He de decírtelo: tú no estás bien. Has de ir a visitar a un especialista.



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