
El agente Groulx me tendió el micrófono. Me identifiqué y le expliqué mi localización.
– Se trata de un caso de homicidio -dije-. Probablemente se han deshecho de un cadáver, al parecer femenino y decapitado. Será mejor que envíen cuanto antes a la brigada de investigación.
Se produjo una pausa prolongada. A nadie le parecían buenas noticias.
– Pardon?
Repetí mis palabras y pedí a Claudel que transmitiera la noticia a Pierre LaManche cuando llamase al depósito. En aquella ocasión no tendrían que intervenir los arqueólogos.
Devolví el micrófono a Groulx, que había estado escuchando, y le recordé que obtuviera un informe detallado de los dos obreros. Parecía un reo sentenciado de diez a veinte años. Sin duda sabía que tardaría bastante tiempo en marcharse de allí, pero ello no me inspiró compasión alguna. Aquel fin de semana yo tampoco dormiría en la ciudad de Quebec. En realidad, mientras recorría en el Mazda los escasos bloques que me separaban de mi casa, sospechaba que nadie dormiría tranquilo durante algún tiempo. Y, tal como se desarrollaron los hechos, no me equivocaba. Lo que entonces ignoraba era el alcance del horror al que deberíamos enfrentarnos.
Capítulo 2
El día siguiente despuntó tan cálido y soleado como el anterior, un hecho que suele animarme. El tiempo me influye bastante, y mi humor se remonta y sumerge con el barómetro. Pero aquel día el tiempo sería irrelevante para mí. Hacia las nueve de la mañana ya estaba en la sala de autopsias número cuatro, la menor del Laboratorio de Medicina Legal y especialmente dotada de la mejor ventilación. Suelo trabajar allí puesto que la mayoría de mis casos están muy poco conservados. Pero nunca es del todo efectivo: nada lo es. Ventiladores y desinfectantes jamás logran dominar el olor a muerte añeja. El antiséptico resplandor del acero inoxidable no consigue erradicar las imágenes de carnicería humana.
