Al haber estado aislada de los insectos que apresuran la descomposición, la carne no se había corrompido totalmente, pero el calor y la humedad habían alterado los rasgos hasta convertirlos en una máscara mortal que conservaba escaso parecido con su antiguo aspecto. Los ojos, secos y apretados, asomaban bajo los párpados semientornados. La nariz estaba ladeada; las aletas, comprimidas y aplastadas contra la hundida mejilla, y los labios se fruncían hacia afuera, en una mueca eterna que exhibía una perfecta dentadura. La carne, de una pálida blancura, era una envoltura descolorida y esponjosa adherida a los huesos. El conjunto estaba enmarcado por una cabellera de un apagado tono pelirrojo, y los rizos sin brillo se apelotonaban contra la cabeza por el líquido que rezumaba del tejido cerebral.

Cerré la bolsa presa de agitación y traté de localizar a los obreros donde los había dejado. El más joven me observaba con gran atención; su compañero se mantenía detrás, a cierta distancia, con los hombros inclinados y las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones.

Me quité los guantes y pasé por su lado alejándome del bosque, en dirección al coche patrulla. Aunque ellos no pronunciaron palabra, advertí que me seguían por el crujido de las hojas bajo sus pasos.

El agente Groulx, recostado en la capota de su coche, vio que me acercaba, mas no cambió de postura. La verdad es que yo había trabajado con individuos más amables.

– ¿Puedo utilizar su radio? -inquirí asimismo con gran frialdad.

Se irguió apoyándose en las manos y rodeó el coche hasta el asiento del conductor. Introdujo la mano por la ventanilla abierta, soltó el micrófono y me miró con aire interrogante.

– Homicidio -dije.

Pareció sorprendido, si bien trató de disimularlo, e hizo la llamada.

– Section des homicides -dijo a su interlocutor.

Tras la demora, conexiones e interferencias habituales, se oyó la voz de un detective.

– Aquí Claudel -sonó con acento irritado.



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