
Cerré la bolsa presa de agitación y traté de localizar a los obreros donde los había dejado. El más joven me observaba con gran atención; su compañero se mantenía detrás, a cierta distancia, con los hombros inclinados y las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones.
Me quité los guantes y pasé por su lado alejándome del bosque, en dirección al coche patrulla. Aunque ellos no pronunciaron palabra, advertí que me seguían por el crujido de las hojas bajo sus pasos.
El agente Groulx, recostado en la capota de su coche, vio que me acercaba, mas no cambió de postura. La verdad es que yo había trabajado con individuos más amables.
– ¿Puedo utilizar su radio? -inquirí asimismo con gran frialdad.
Se irguió apoyándose en las manos y rodeó el coche hasta el asiento del conductor. Introdujo la mano por la ventanilla abierta, soltó el micrófono y me miró con aire interrogante.
– Homicidio -dije.
Pareció sorprendido, si bien trató de disimularlo, e hizo la llamada.
– Section des homicides -dijo a su interlocutor.
Tras la demora, conexiones e interferencias habituales, se oyó la voz de un detective.
– Aquí Claudel -sonó con acento irritado.
