Utilicé el escalpelo para retirar la carne que rodeaba las articulaciones de las rodillas y de los codos, que no ofreció resistencia. También los huesos largos estaban por completo formados. Posteriormente lo comprobaría por rayos equis, pero aquello significaba que el crecimiento óseo ya se había alcanzado y no se advertían cambios ni rebordes artríticos en las articulaciones. Era adulta pero joven, lo cual resultaba coherente con la falta de desgaste observada en la dentadura.

Pero me autoexigía más precisión: Claudel así lo esperaría. Examiné la clavícula en su punto de unión con el esternón, en la base de la garganta. Aunque la parte derecha estaba separada, la superficie de unión seguía encajada en un nudo consistente de cartílagos y ligamentos secos. Recorté con unas tijeras todo el tejido correoso posible y a continuación envolví el hueso con otro paño húmedo y centré mi atención en la pelvis.

Retiré el paño y de nuevo comencé a aserrar suavemente con el escalpelo el cartílago que unía las dos mitades frontales. Al humedecerlo se había vuelto más flexible, más fácil de cortar, pero aun así el proceso era lento y tedioso. No quería arriesgarme a lesionar las superficies subyacentes. Cuando por fin se separaron los huesos púbicos seccioné los escasos restos de músculo seco que unían la pelvis al extremo inferior de la columna vertebral por la parte posterior, la desprendí y la sumergí en el agua de la pila.

Seguidamente regresé junto al cuerpo y destapé la clavícula dispuesta a desprender todo el tejido posible. Acto seguido llené de agua un recipiente de plástico para muestras, lo coloqué contra la caja torácica y metí en él el extremo del hueso.

El reloj de pared señalaba las doce y veinticinco minutos del mediodía.



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