
Al volverme descubrí que Daniel, uno de los técnicos de autopsias, me observaba desde el despacho contiguo. Tenía un tic en el labio superior. Cerró un instante los ojos y se movió bruscamente, desplazando todo su peso a una pierna y ladeando la otra, como una gaviota que esquivase una ola.
– ¿Cuándo querrá que haga las radiografías? -preguntó.
Las gafas le resbalaban por la nariz y parecía mirar por encima más que a través de ellas.
– Calculo que concluiré hacia las tres -respondí.
Tiré los guantes en el recipiente destinado a desechos biológicos. De pronto reparé en que estaba muy hambrienta. El café de la mañana seguía sobre el mostrador, frío e intacto. Lo había olvidado por completo.
– De acuerdo.
Saltó hacia atrás, giró en redondo y desapareció por el pasillo.
Tiré las gafas en el mostrador, saqué una hoja de papel blanco de un cajón del armario y, tras desplegarlo, cubrí el cadáver. Me lavé las manos y regresé a mi despacho de la quinta planta, donde vestí mis ropas de calle para salir a comer. Aquel día necesitaba ver la luz del sol, algo insólito en mí.
A la una y media, cuando regresé, Claudel estaba ya en mi despacho como había prometido. Se hallaba sentado ante mi escritorio, fija su atención en el cráneo reconstruido que tenía sobre mi mesa de trabajo. Al oírme, volvió la cabeza, pero sin pronunciar palabra. Yo colgué mi abrigo detrás de la puerta, pasé por su lado y me instalé en mi silla.
