
– Bonjour, monsieur Claudel. Comment ça va? -lo saludé sonriente.
– Bonjour.
Al parecer no le interesaba saber cómo me iban las cosas. Bien. Aguardé: no pensaba sucumbir a sus encantos.
Tenía una carpeta en la mesa, frente a él. Puso la mano sobre ella y me miró. Su rostro me recordaba el de un loro. Los rasgos formaban ángulos agudos desde las orejas a la línea central y se proyectaban hacia adelante en la nariz parecida a un pico. A lo largo de ese vértice, su barbilla, su boca y la punta de la nariz apuntaban hacia abajo formando una serie de uves. Cuando sonreía -algo poco frecuente- la uve de la boca se acentuaba y los labios se encogían en lugar de ir hacia atrás.
Suspiró. Se mostraba muy paciente conmigo. Era la primera vez que trabajaba con él, pero conocía su reputación. Se creía dotado de excepcional inteligencia.
– Tengo varios nombres posibles -dijo-. Todos de personas desaparecidas durante los últimos seis meses.
Ya habíamos discutido la cuestión del tiempo transcurrido desde la muerte, y el trabajo realizado aquella mañana no me había hecho cambiar de idea. Estaba segura de que hacía menos de tres meses que la víctima había fallecido, de modo que el crimen debía de haberse producido en marzo o algo después. Los inviernos son fríos en Quebec, duros para los vivos, pero considerados con los difuntos. Los cadáveres helados no se descomponen ni atraen bichos. Si la hubiesen tirado allí el pasado otoño, antes de comenzar el invierno, hubiera habido huellas de plagas de insectos. La presencia de huevos o larvas indicaría una invasión otoñal abortada y no se advertían indicios de ello. Teniendo en cuenta que habíamos pasado una primavera cálida, la abundancia de gusanos y el grado de deterioro coincidían con un intervalo de unos tres meses. La presencia de tejido conjuntivo junto con la virtual ausencia de visceras y contenido cerebral sugerían asimismo un invierno tardío y el fallecimiento a comienzos de primavera.
