Retiré la pelvis del agua y separé ambas partes con suavidad. Con ayuda de una sonda aparté los bordes de la funda gelatinosa que cubría la superficie del hueso derecho, que se fue desprendiendo de modo gradual hasta ceder por completo. El núcleo subyacente estaba marcado con profundos surcos y rugosidades que discurrían en sentido horizontal por su superficie. Era una fina franja de sólida materia ósea parcialmente enmarcada por el margen exterior, que formaba un delicado e incompleto borde en torno a la superficie púbica. Repetí el proceso en la parte izquierda, que apareció idéntica.

Claudel no se había movido de la puerta. Acerqué la pelvis a la lámpara, extendí el brazo hacia mí y pulsé el interruptor. La luz fluorescente iluminó el hueso. A través del cristal redondo de aumento aparecieron detalles que no habían sido visibles a simple vista. Contemplé la curva superior de cada cadera y descubrí lo que esperaba.

– Monsieur Claudel -dije sin mirarlo-. ¡Fíjese en esto!

Se aproximó detrás de mí, y yo me aparté para que pudiera observarlo libremente. Le señalé una irregularidad en el borde superior de la cadera. La cresta ilíaca estaba en proceso de soldarse cuando había sobrevenido la muerte.

Deposité la pelvis en la mesa y el hombre siguió mirándola, aunque sin tocarla. Volví junto al cadáver para examinar la clavícula, convencida de lo que iba a encontrar. Retiré el extremo del esternón del agua y comencé a desprender el tejido. Cuando ya se distinguía la superficie de la articulación hice señas a Claudel para que se me aproximase y, sin pronunciar palabra, le señalé el extremo del hueso cuya superficie, al igual que en el caso del pubis, estaba hinchada. Un pequeño disco óseo se adhería al centro, de bordes claros y no soldado.

– ¿Qué sucede? -inquirió.

Tenía la frente perlada en sudor: trataba de disimular su nerviosismo con insolencia.



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