– Es joven. Probablemente veinteañera.

Podía haberle explicado cómo demuestran los huesos la edad, pero no creí que se prestara a escucharme, de modo que me limité a aguardar. Partículas de cartílago se adherían a mis enguantadas manos, que mantenía lejos de mi cuerpo, con las palmas hacia arriba, como un mendigo. Claudel guardaba la misma distancia que si se encontrara ante un enfermo de Ébola. Fijaba sus ojos en mí, pero se hallaba abstraído en los pensamientos que cruzaban su mente y revisaba los datos en busca de una candidata.

– Gagnon -dijo finalmente.

Era una afirmación, no una pregunta.

Asentí. Isabelle Gagnon, de veintitrés años.

– Le indicaré al juez que solicite el historial dental -añadió. Asentí de nuevo. Parecía que él expresara en voz alta mis pensamientos.

– ¿Cuál ha sido la causa de la muerte? -preguntó.

– Nada evidente -repuse-. Tal vez lo sepa cuando vea las radiografías. O acaso descubra algo en los huesos cuando estén limpios.

Tras estas palabras se marchó sin siquiera despedirse, aunque yo no lo esperaba. Su partida fue mutuamente apreciada.

Me quité los guantes y los deseché. Al salir, asomé la cabeza en la sala mayor de autopsias e informé a Daniel que por el momento había acabado con el caso y le pedí que se encargase de someter a rayos equis, y desde todos los ángulos, el cuerpo y el cráneo. Cuando llegué arriba me detuve en el laboratorio de histología y comuniqué al técnico jefe que el cadáver estaba a punto para ser sometido a ebullición, al tiempo que le advertía que tomara precauciones especiales por tratarse de un descuartizamiento. Aunque era innecesario: nadie podía reducir un cuerpo como Denis. En dos días el esqueleto estaría limpio e ileso.


Dediqué el resto de la tarde a trabajar en el cráneo recompuesto. Aunque fragmentarios, aparecían suficientes detalles para confirmar la identidad de su propietario. El hombre ya no conduciría más camiones cisterna de propano.



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