
– ¿Temperance? -dijo.
Nunca empleaba mi diminutivo. Tal vez le sonaba más francés -rimaba con France-, o bien la traducción carecía de sentido para él o había tenido alguna experiencia desagradable en Arizona. Era el único que no me llamaba Tempe.
– Oui? -respondí.
Al cabo de tantos meses la respuesta era casi automática. Había llegado a Montreal creyendo dominar el idioma, pero no había contado con la variante quebequesa. Aprendía, mas con lentitud.
– Acabo de recibir una llamada.
Miró la nota de color rosado que llevaba en la mano. En su rostro todo era vertical: las arrugas y pliegues iban de arriba abajo, paralelas a la larga y recta nariz y las orejas. Recordaba un puro Basset, un rostro que ya en su juventud debía de parecer viejo, aunque su disposición se habría intensificado con el tiempo, y de edad incalculable.
– Dos obreros de HydroQuebec han descubierto unos huesos.
Observó mi expresión, en absoluto satisfecha, y volvió a mirar el papel rosado.
– Están cerca del lugar donde se encontraron los restos históricos el verano pasado -prosiguió con su correctísimo francés.
Nunca le había oído decir un vulgarismo ni expresarse en la jerga policial.
– Usted estuvo allí. Es probable que se trate de lo mismo. Necesito que vaya alguien a confirmar que no es un caso para el juez.
Al levantar la mirada, el cambio de plano intensificó sus arrugas y pliegues mientras absorbía la luz del atardecer, como un agujero negro atrae a la masa. Esbozó una vaga sonrisa, y cuatro surcos se desviaron hacia arriba.
