– ¿Cree que serán restos arqueológicos? -inquirí con desgana.

No entraba en mis planes para el fin de semana investigar profesionalmente ningún escenario criminal. Para marcharme al día siguiente aún tenía que pasar por la tintorería y la farmacia, lavar la ropa sucia, hacer mi equipaje, repostar gasolina y dar instrucciones a Winston, el conserje de mi casa, para que cuidase del gato.

– Desde luego -asintió el hombre.

Yo no me sentía tan segura.

– ¿Desea que la acompañe un coche patrulla? -dijo al tiempo que me tendía la nota.

Lo miré con expresión ceñuda.

– No, he venido con mi coche.

Comprobé la dirección y reparé en que se hallaba próxima a mi domicilio.

– Lo encontraré -afirmé.

El hombre se alejó tan silencioso como había llegado. Calzaba zapatos con suela de crepé y llevaba los bolsillos vacíos, por lo que nada sonaba ni tintineaba a su paso y, como los cocodrilos, se presentaba y desaparecía de modo inadvertido, sin hacerse anunciar. A algunos colegas les parecía exasperante.

Metí un mono en una bolsa de lona junto con mis botas de caucho con la esperanza de no precisarlos y cogí mi ordenador portátil, la cartera y la funda de cantimplora bordada que utilizaba como monedero veraniego. Aún me prometía a mí misma no regresar hasta el lunes, pero una voz interior me auguraba todo lo contrario.


Cuando llega el verano a Montreal, irrumpe como una rumbera: con algodones de vivos colores que se arremolinan en el aire, muslos entrevistos y cuerpos brillantes de sudor. Es un festejo obsceno que comienza en junio y se prolonga hasta septiembre.

La gente acoge la estación con entusiasmo y deleite. La vida se desarrolla al aire libre. Tras el prolongado y desapacible invierno, reaparecen los cafés en las terrazas, ciclistas y patinadores compiten en los carriles destinados a bicicletas, los festivales se suceden en las calles y la multitud pasea por las aceras formando ondulantes dibujos.



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