
Allí estaban. Juxtapuestos de modo incongruente contra una pétrea torre medieval distinguí un coche patrulla azul y blanco con la leyenda «POLICE-COMMUNAUTÉ URBAINE DE MONTREAL» grabada en un lateral, que bloqueaba la entrada oeste del recinto, y un camión gris de HydroQuebec aparcado delante de él, del cual, como apéndices de una estación espacial, surgían las escaleras y el equipo. Junto al camión, un policía uniformado hablaba con dos hombres que vestían traje de faena.
Giré a la izquierda y me introduje en el tráfico que se dirigía hacia la parte oeste de Sherbrooke, aliviada al no advertir la presencia de periodistas. En Montreal un encuentro con la prensa puede significar un doble calvario, puesto que los periódicos aparecen en francés y en inglés. No soy especialmente cortés cuando me acosan en un idioma, pero frente a un ataque dual puedo resultar muy antipática.
LaManche tenía razón. Yo ya había visitado aquellos jardines el verano anterior. Recordaba el caso: unos huesos exhumados durante la reparación de un conducto de agua. Enterramientos en ataúdes del viejo cementerio de una propiedad eclesiástica. Avisaron al arqueólogo y se cerró el caso. Con suerte se repetiría la situación.
Mientras maniobraba mi Mazda delante del camión y lo aparcaba, los tres hombres interrumpieron su conversación para mirarme. Al apearme del vehículo el policía se inmovilizó un instante como si considerara la cuestión y luego avanzó a mi encuentro con cara de pocos amigos. Eran las cuatro y cuarto; probablemente había concluido su turno y hubiera preferido no estar allí. Bien, tampoco yo estaba por mi gusto.
– Tendrá que marcharse, madame. No puede aparcar aquí.
