Acompañaba sus palabras con amplios ademanes y me señalaba la dirección por la que yo debía partir, como si despejara moscas de una ensalada de patatas.

– Soy la doctora Brennan -dije al tiempo que cerraba de un portazo-, del Laboratorio de Medicina Legal.

– ¿La envía el juez de instrucción?

Su tono habría despertado envidia a un interrogador de la KGB.

– Sí. Soy la antropóloga forense -proseguí como una profesora de segundo grado-. Me encargo de los casos de desenterramientos y de esqueletos. Espero que esto me califique para ello.

Y le tendí mi tarjeta de identificación. El hombre, a su vez, lucía en el bolsillo de la camisa un pequeño rectángulo de latón donde figuraba la inscripción «agente Groulx».

Observó la foto y luego a mí. Mi aspecto no era muy convincente. Me había propuesto trabajar todo el día en la reconstrucción del cráneo y llevaba ropas apropiadas para tal tarea. Vestía unos téjanos descoloridos de color tostado, una camisa de tela vaquera con las mangas enrolladas hasta los codos y calentadores en lugar de calcetines. Me había recogido los cabellos con un pasador, pero algunos mechones, pérdida la lucha contra la gravidez, flotaban alrededor de mi rostro y por mi cuello. Además, iba manchada con fragmentos de pegamento. Más que una antropóloga forense debía de parecer un ama de casa de mediana edad obligada a abandonar el empapelado de una pared.

Examinó largo rato la tarjeta y me la devolvió sin comentarios. Evidentemente no era lo que esperaba.

– ¿Ha visto usted los restos? -le pregunté.

– No. Protejo la zona.

Él hizo un ademán para señalar a los dos hombres, que nos observaban tras interrumpir su conversación.

– Ellos los encontraron. Ya avisé. La acompañarán.

Me pregunté si el agente Groulx sería capaz de pronunciar una frase compuesta. De nuevo señaló a los obreros con un ademán.

– Vigilaré su coche -me dijo.

Hice una señal de asentimiento, pero él ya había dado media vuelta y se alejaba. Los obreros de Hydro me miraron en silencio mientras me aproximaba. Ambos llevaban gafas de aviador, y el postrer sol de la tarde arrancaba reflejos anaranjados de sus cristales. Los dos lucían bigotes con las puntas curvadas hacia abajo.



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