Adamas estaba compuesto por dos grandes islas: la lujosa Aristo y las desérticas tierras de Calista. Andreas le había contado tantas cosas sobre aquellas dos islas que Holly tenía la sensación de conocerlas. En otro tiempo habían sido un solo reino, gobernado por la Casa Real de Karedes, pero había acabado dividido en dos islas por culpa de las disputas entre hermano y hermana.

El padre de Andreas gobernaba Aristo y Andreas, que era uno de los tres príncipes, lo ayudaba en las tareas de gobierno. Andreas estaba casado; la boda había tenido lugar poco después de que él volviera de Australia. Holly lo sabía porque el relato de la ceremonia se había publicado incluso en las revistas que vendían en la tienda de Munwannay. Ella lo había leído y había llorado inconsolablemente. Después de eso, había evitado cualquier publicación en la que pudiera aparecer su nombre, pero imaginaba que ahora tendría ya una buena colección de hijos.

¿Por qué la habría hecho ir?

Quizá estaba aburrido de su matrimonio, pensó. La idea le había pasado por la cabeza durante el vuelo, la imaginación estaba jugándole una mala pasada. Andreas llevaba casado ya más de nueve años, tiempo suficiente para cansarse de una esposa, especialmente de una mujer que habían elegido otros por él. Quizá hubiera recordado la pasión que los había poseído y que había hecho que se olvidaran de cualquier precaución.

No podía ser que pensara que…

Pero, ¿para qué otra cosa iba a querer verla?

Apretó los puños con tal fuerza que se clavó las uñas en la palma de las manos No se atrevería. Si pensaba que ella…

Pero… Andreas, pensó. Andreas, Andreas.

Ahí estaba el problema. Andreas había seguido adelante con su vida, mientras que ella había quedado atrapada, intentando levantar la granja por su padre. Intentando forjarse una carrera, pero sin ser capaz de alejarse de una pequeña tumba.

Sin poder olvidar a Andreas.

Estaba esperándola. El príncipe Andreas Christos Karedes de Aristo estaba esperándola en su isla.



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