No, nada de temor. Por nada del mundo iba a dejar que esos brutos creyeran que tenía miedo.

Claro que quizá no fuera a ellos a los que debía temer. Era Andreas el que había ordenado que la llevaran allí, quisiera o no.

Diez años atrás habría estado encantada de acudir. Entonces lo habría seguido hasta el fin del mundo. Se había enamorado tanto de él que se lo había dado todo. Y le habría dado mucho más. Se había dejado llevar por la pasión y por el deseo de encontrar una vida fuera de los límites de la granja de sus padres. Andreas había irrumpido en su monótona existencia con su belleza oscura y misteriosa y con las mismas ansias de formar parte del mundo de Holly que ella tenía de formar parte del de él. Por supuesto que se habían enamorado.

Después, durante el terrible dolor que le había provocado su marcha, Holly había llegado a pensar que aquél había sido el motivo por el que sus padres habían organizado la estancia de Andreas. Sabían que los dos jóvenes se sentirían atraídos. Sus padres siempre habían soñado con la realeza, pero el tener como huésped a un joven príncipe teniendo una hija tan impresionable, sin duda había sido peligroso.

Quizá habían creído que había la posibilidad de que aquello terminase en matrimonio. ¿Quién sabía? Lo que sí sabía era que sus padres habían acabado con algo distinto de lo que habían esperado en un principio.

Habían acabado con su única hija desconsolada, con el corazón hecho pedazos.

Y un nieto cuya existencia desconocía el padre del niño. Un nieto que ahora estaba muerto.

«No pienses en Adam», se dijo a sí misma mientras el avión comenzaba a descender. «No se te ocurra llorar».

Parpadeó varias veces y fijó la mirada en el exterior. Estaban ya en el reino de Adamas, el hogar de Andreas.



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