
Andreas iba a allí tanto como podía, para huir de la atención pública. Los únicos empleados que lo acompañaban durante sus estancias en Eueilos eran un discreto y fiel matrimonio.
Aquel lugar lo fascinaba igual que en otro tiempo lo había fascinado el hogar de Holly, pensó mientras aterrizaba el avión. Iba pilotando él mismo. Había sido Holly la que le había enseñado a volar y cada vez que lo hacía…
No. No pensaba en ella. Dios, se había casado y divorciado, habían ocurrido muchas cosas desde que se había separado de Holly.
Y ahora estaba a punto de verla de nuevo.
Se llevó la mano a la mejilla al recordar las dos bofetadas que le había dado. ¿Estaría más tranquila?
Esperaba que así fuera para que pudiera contestar a sus preguntas. No tendría más opción. Él no se movería de allí hasta que tuviera todas las respuestas que necesitaba. ¿Y hasta haber hecho caso a la sugerencia de Sebastian?
Sophia, el ama de llaves, acudió a recibirlo a la entrada del pabellón. Sin duda había estado haciendo dulces porque el olor a baklavás lo inundaba todo. Sophia había sido su niñera hasta los diez años y cuando su padre le había regalado la isla, bahía ido a buscarla; desde entonces su marido, Nikos, y ella eran los encargados de aquel lugar, donde su agradable presencia conseguía siempre que a Andreas le parecieran menos importantes sus preocupaciones.
– No está -le dijo Sophia.
– ¿Qué?
– Está en la playa del extremo norte de la isla -explicó Sophia, observándolo-. Es el punto más dejado de la casa. Georgios le dijo que ibas a venir. Me ha pedido que te dijera que no te molestes a menos que tengas intención de ofrecerle una manera de volver a casa -Sophia frunció el ceño-. Esta mujer… Holly está muy enfadada.
