– No tanto como yo -contestó Andreas con tristeza.

– Yo no te crié para que te vengaras de las mujeres.

Sophia cruzó los brazos sobre el pecho y le lanzó una mirada hostil. Era mucho más baja que Andreas, pero le pegaría un buen tirón de orejas si lo consideraba necesario. Sophia era la única persona en el mundo que no lo trataba como un príncipe, más bien lo trataba como a un niño, un niño al que mimaba y al que reprendía también cuando creía que debía hacerlo.

– Es una buena chica -añadió Sophia, sin ablandar su tono de voz-. Y está asustada. Ya le he dicho que no tiene nada que temer mientras yo esté en la isla. No sé para qué la has traído aquí, pero como la toques, tendrás que responder ante mí.

– No le voy a hacer, ningún daño.

– Eso ya lo has hecho. Tiene marcas en las muñecas.

– No fui yo.

– Fue Georgios, así que es lo mismo.

– No lo es.

– No me cuentes historias -dijo, y acto seguido lo apuntó con el dedo-. Ve a verla y trátala bien. Hasta que soluciones las cosas con Holly, no habrá baklavás para ti. Le he dejado un bañador; por cierto, se ha puesto aún más furiosa cuando ha visto la colección de, trajes de baño femeninos que tienes. Vas a tener que esforzarte mucho para hacer las paces con ella.

Cruzó la isla caminando para ir en su busca. Podría haber ido en uno de los todoterrenos, pero lo cierto era que necesitaba tiempo para pensar, para decidir cómo debía actuar.

Tenía la sensación de que, desde que había recibido las primeras noticias sobre Holly, se había movido con el piloto automático. Se había concentrado en obtener respuestas lo antes posible, y ahora comprendía que tenía que ser más cauto. Sophia tenía razón. De nada serviría que Holly estiviese histérica, como el último día.

Dios, a él también le costaba mucho mantener a calma. Aún resonaban en su cabeza las palabras del reportero:



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