
¿Cómo iba a marcharse de allí?
¿Cómo iba a poder alejarse de todo aquello? Holly se arrodilló frente a la tumba de su hijo y miró la casa, la vieja residencia con sus balcones y las ventanas francesas que dejaban entrar la brisa del exterior, el jardín abandonado que tanto le había gustado desde niña.
A Andreas también le encantaba ese jardín, lo recordaba aún.
Andreas amaba aquella casa, y Holly lo había amado a él.
Bueno, eso era algo de lo que también debía alejarse, el recuerdo del príncipe Andreas de Karedes. Había llegado allí a los veinte años para pasar seis meses en el remoto interior de Australia, la zona más despoblada del país. Ella tenía diecisiete años.
Ahora tenía veintisiete. Había llegado el momento de seguir adelante, de alejarse de aquel lugar y de un amor destinado al fracaso desde el comienzo.
Llevaba postergándolo demasiado tiempo, intentando mantener presentable el lugar por si conseguía encontrar compradores, pero llevaba en venta desde la muerte de su padre, hacía ya seis meses. Económicamente, no podía más y cada vez le resultaba más triste ver cómo todo iba deteriorándose. Por fin había tomado la decisión de trasladar su puesto de profesora de la Escuela del Aire al centro que la organización de educación por radio e Internet tenía en Alice Springs. Aquello era el final.
Tocó la tumba de su hijo por última vez, destrozada por el dolor y el arrepentimiento. Luego levantó la mirada al oír un ruido que rompía el silencio de aquella cálida mañana de abril.
Un helicóptero se acercaba por el este. Era grande, mucho más que los que solían tener los grandes terratenientes de la zona. Era completamente negro y le resultó casi amenazador al verlo sobrevolar los prados cercanos, directo hacia la casa.
