
Holly cerró los ojos un segundo. Muy poca gente había ido a visitar la propiedad desde que la había puesto en venta, y nadie se había mostrado realmente interesado. Munwannay necesitaba una enorme inversión de capital y de ganas para poder convertirla de nuevo en el lugar magnífico que había sido en otro tiempo. Si los pasajeros de aquel helicóptero eran potenciales compradores, reaccionarían igual que los demás; se pasearían por la vieja casa, observarían la estructura anticuada y maltrecha de las edificaciones anexas y se irían. Bien era cierto que cualquiera que fuera en ese helicóptero tenía más dinero que todos los que habían pasado por allí hasta el momento, pero eso también quería decir que podría permitirse un lugar más prestigioso y en mejor estado.
Holly no quería ver a nadie en aquel momento. Era su último día allí.
Por desgracia ya estaban aterrizando. Los vio bajar del helicóptero envueltos en una nube de polvo. Eran cuatro hombres vestidos con pantalones vaqueros y camiseta negra. Todos ellos eran altos y fuertes.
Qué raro. Hasta ese momento todos los que habían ido a ver la propiedad eran ganaderos de la zona que querían ampliar sus terrenos, no hombres de ciudad.
No importaba. Debía ser amable pues, si conseguía vender la casa, podría saldar las deudas que había dejado su padre por culpa de su empeño en no ver que sus circunstancias habían cambiado. Holly se esforzó por sonreír y comenzó a caminar hacia el helicóptero para que los recién llegados no se acercaran allí; no querían que vieran la diminuta tumba que ella tanto amaba.
Eran demasiado jóvenes como para ser posibles compradores, pensó al verlos más de cerca. Parecían extranjeros, pues tenían la piel aceitunada, como la de Andreas. Tenían un aspecto muy serio y caminaban con decisión hacia ella.
Holly sintió un escalofrío de inquietud. Estaba completamente sola allí. Demasiado sola.
