– ¿Por qué?

– Mi ropa…

– No la necesitas. Además, intentar recuperar tus cosas te pondría en peligro.

En brazos de la policía, quiso decir, y ella se dio cuenta de que tenía razón.

El tren aminoró la marcha, entró en la estación de Roma y se detuvo. Inmediatamente, un hombre vestido con uniforme de chofer hizo una seña tras la ventana. El juez le respondió con otra seña y, un momento después, el hombre entró en el compartimento.

– El coche está esperando, signore.

Liza agarró a Holly de la mano y se puso de pie.

– Creo que deberías utilizar la silla de ruedas -dijo su padre.

La pequeña apretó los labios y negó con la cabeza.

– Quiero ir contigo -dijo mirando a Holly.

– Entonces te llevaré. Pero creo que deberías ir en la silla.

– Vale -dijo Liza, obediente con tal de conseguir lo que quería.

El andén era el último de la estación. Sólo les llevó un momento bajar del tren y cruzar un pasadizo abovedado hasta llegar a la limusina que los esperaba. Liza iba satisfecha en la silla de ruedas tirada por Holly, que rezaba para que eso le sirviera como un disfraz ante cualquier policía que pudiera estar observando.

El chofer metió la silla en el maletero. El juez se sentó delante y Holly y Berta se sentaron detrás con Liza entre las dos.

Holly hizo un esfuerzo para creer que eso estaba pasando realmente. Ni siquiera el movimiento del coche al abandonar la estación pudo convencerla del todo.

Una pantalla de cristal movible dividía los asientos delanteros y traseros del coche y el juez corrió la pantalla. Holly lo vio sacar el teléfono móvil y empezar a hablar, pero no pudo escuchar lo que decía.

Giraron hacia el sur y, a medida que avanzaban y dejaban tras ellos la abarrotada ciudad, la carretera se convertía en adoquines y comenzaban a aparecer monumentos por el camino.

– Son antiguas tumbas, y ésta es la Vía Appia Antica -le dijo Liza-. Nosotros vivimos más abajo.



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