Después de aproximadamente un kilómetro, atravesaron un alto arco de piedra y comenzaron su viaje por un serpenteante camino con árboles a ambos lados. Era pleno verano y la rica vegetación no permitía ver más que partes sueltas de la casa; Holly no pudo verla en todo su esplendor hasta el último momento.

Era una mansión de varios cientos de años de antigüedad, hecha de piedra color miel.

Cuando el coche se detuvo, una mujer de mediana edad se dirigió hacia la puerta de atrás y la abrió mientras el chofer abrió la puerta delantera para el juez.

– Buenas tardes, Anna. ¿Está todo listo para nuestra invitada?

– Sí, signore -respondió el ama de llaves con respeto-. Me ocupé personalmente de la habitación de la signorina.

Entonces Holly recordó la llamada de teléfono desde el coche; la esperaban. Eso, unido a los eficaces movimientos de los sirvientes, aumentó la sensación que tenía de que algo la estaba alejando del peligro, pero que igual que lo hacía, se volvería en su contra.

Él la había llamado «su invitada», pero el juez no la recibió como tal. Fue Liza quien la agarró de la mano y la llevó por la casa, enseñándosela con orgullo. Dentro del hall había más sirvientes; todos le dirigieron controladas miradas curiosas y luego apartaron la vista.

– Llevaré a la signorina a su habitación -dijo Anna-. Sígame, por favor.

Subieron por una grandiosa escalera que se curvaba hacia el segundo piso y terminaba en unas baldosas de lujoso mármol sobre el que resonaron sus tacones hasta llegar a la puerta de su habitación.

Era asombrosa, tenía el suelo de mármol y un muro de piedra a la vista que le daba un encantador aire rústico sin restarle elegancia. Dos ventanas que llegaban hasta el suelo inundaban la habitación de luz. La cama, que era lo suficientemente grande como para que durmieran tres personas, tenía un dosel con visillos color marfil.



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