
– No mientras tenga mi pasaporte.
– Me estás suponiendo un problema.
– Pues lo podría haber resuelto esta misma tarde.
– Eso habría sido imposible y sabes por qué -dijo con tono fuerte.
– Liza. Sí, no podría haberle hecho algo así a la pequeña.
– Y eso me ha situado en una posición inoportuna -dijo, medio enfadado.
– Pero lo cierto es que usted no mintió a la policía.
– Eso no me sirve de consuelo.
– Entonces lo que quiere ahora es saberlo todo sobre mí y lo que se supone que he hecho -dijo ella.
Quedó asombrada por su respuesta.
– En este momento, lo último que me apetece es saberlo todo sobre ti. Sé que eres una persona decente, incapaz de hacer ningún daño.
– ¿Y cómo puede saberlo?
– Porque he tenido delante a muchos criminales y conozco la diferencia. He desarrollado una especie de instinto para diferenciar ese tipo de cosas. Y ahora mi instinto me dice que como mucho te has visto envuelta en una situación que ni siquiera comprendes. Y también -añadió a regañadientes -lo sé por el modo en que Liza se ha aferrado a ti. El instinto de esta pequeña es incluso más certero que el mío. Si fueras una criminal, ella jamás se habría refugiado en ti.
Holly permanecía en silencio, sorprendida. No esperaba que ese hombre fuera tan perspicaz.
– ¿Me equivoco? -preguntó él bruscamente.
– No. No se equivoca.
– Bien. Entonces, quiero saber un poco sobre ti, pero lo mínimo. Lo suficiente para hacerme una ligera idea, pero sin nombres ni detalles.
– Fue como usted ha dicho. Me vi involucrada en algo malo, sin darme cuenta de lo que estaba pasando. Cuando descubrí la verdad, me fui.
– ¿Cuántos años tiene?
– Veintiocho.
– ¿Quién sabe que estás en Italia?
– Nadie. No tengo familia.
– ¿Y tus compañeros de trabajo?
– No tengo. No estoy trabajando en este momento.
